A vueltas con el storytelling

Desde la popularización y triunfo de las redes sociales, se ha vuelto casi prescriptivo el recomendar a diestro y siniestro el que todos practiquemos la narrativa (lo que se ha intentado dulcificar y modernizar utilizando el anglicismo storytelling).

El interrogante del storytelling

En un principio estaría total y entusiásticamente (sí, lo sé, otro anglicismo) de acuerdo con esta recomendación. Al fin y al cabo, como subrayó Samuel Johnson – quizás el más importante crítico literario de la historia – la mente es una actividad,  y una que rápidamente se puede tornar hacia la destructividad de uno mismo o de los demás si no es dirigida hacia la labor provechosa y productiva. Para que se me entienda, prefiero que la gente cuente historias a que monten botellones, conduzcan en dirección contraria o participen en las permanentes insidias contra el clan Pantoja a las que nos animan diariamente los más populares de nuestros canales televisivos.

El problema surge cuando descubro que esta invitación al storytelling o narrativa se refiere no a escribir poemas, crear relatos cortos o novelas. Contra todo pronóstico, se nos anima a compartir nuestra historia personal o biografía, y no solamente por el placer o posible valor terapéutico de hacerlo, sino para obtener un beneficio material.

Esto último lógicamente no me sorprende: desde la muerte de Dios anunciada por Nietzsche, la religión de nuestro tiempo es el culto a Mammon (también conocido como economía), y nuestra sociedad capitalista está construida expresamente sobre los cimientos del egoísmo y de la avaricia, desoyendo la admonición de San Pablo de que ésta última es la raíz de todos los males.

La narrativa personal: sinceridad, Shakespeare y Cervantes

Quizás lo que más me pasme sea la recomendación de que, de todas las historias posibles que podíamos contar (bien fuera por dinero u otros motivos más nobles), sea la nuestra propia en la que hayamos de centrar nuestros esfuerzos. Y de que incluso, con un tono entre moralista y paternalista/maternalista, se nos anime a imprimir sinceridad y realismo a nuestro relato.

Esto ya debería hacer que automáticamente nos pusiéramos en guardia y sonaran todas las alarmas. Los dos más grandes literatos que nuestra civilización ha producido hasta el momento – Shakespeare y Cervantes – no lo hicieron de ninguna de las maneras, y rebuscaremos en balde sus memorias o autobiografías en las mejores antologías, que nunca las hemos de hallar. Ambos – infinitamente más sabios que nosotros – tenían tareas mucho más importantes por delante.

El autor teatral y poeta inglés – inventando la psicología moderna siglos antes que el hoy desacreditado Dr. Freud – se preocupó de legarnos personajes que no son individuos, sino más bien especies. Como bien escribió el profesor Harold Bloom, la portentosa capacidad de Shakespeare de representar la naturaleza humana fue tan firme que todos los personajes literarios posteriores son en alguna medida Shakesperianos.

Fue Emerson el que puso el dedo en la llaga al señalar que ‘su mente es el horizonte más allá del cual, por el momento, somos incapaces de ver’. Y, más a tenor de nuestro interés, remachó: ‘Shakespeare es el único biógrafo de Shakespeare; e incluso él no nos puede revelar nada excepto al Shakespeare que ya llevamos dentro”.

‘Cordelia’ de William Frederick Yeames (1888). Imagen: Wikimedia

Aprovecho este punto para realizar un inciso sobre la insistencia en que seamos ‘sinceros’ a la hora de realizar nuestro storytelling personal y contar nuestra propia historia. Ya que vivimos en una sociedad agresivamente anti-cultural, doy por sentado que la inmensa mayoría nunca habrá leído ni visto representada teatralmente la gran tragedia ‘El Rey Lear’. Es por ello que probable e ingenuamente desconozcan los siniestros que puede desencadenar un exceso de sinceridad, personificados en la obra en el papel de Cordelia: traiciones, mutilaciones, asesinatos, venganzas y todo un catálogo de horrores que prefiero no enumerar para no alterar ni su digestión ni su sueño.

Habiendo descargado mi conciencia con ese aviso para navegantes, y volviendo a tierras patrias, nos encontramos con que Cervantes – que recuerdo participó heroicamente en una de las batallas más decisivas de la historia – tampoco se dignó a escribir sobre sí mismo. Y quizás pocos como estuvieron nunca más justificados para hacerlo. Haríamos bien en no olvidar que fueron la literatura y la imaginación – que no el realismo – las que le salvaron de la locura durante su penoso cautiverio.

Pero claro, el más grande nuestras letras tenía faenas mucho más apremiantes: estaba plenamente ocupado nada más y nada menos que con la invención de la novela moderna. Cervantes, con todas sus ironías, terminó enamorándose de Don Quijote y Sancho Panza – al igual que nos ocurre a todos aquellos a los que nos gusta leer – legando a la posteridad del canon literario y artístico una obra permanentemente original por su mezcla inimitable de sabiduría y disparate.

El ejemplo de Joseph Conrad

El lector bienintencionado me rebatirá con que los argumentos en pro de nuestra narrativa personal se circunscriben a objetivos mucho más modestos: granjearnos la simpatía de posibles cazatalentos y directoras de Recursos Humanos para – en el mejor de los casos – conseguir ese puesto de trabajo que nos permita abandonar las interminables colas del desempleo e incorporarnos de la forma más digna posible al mercado laboral. ¿Y qué persona en su sano juicio podría objetar a un objetivo tan razonado y razonable?

Joseph Conrad en 1923. Imagen coloreada por Jecinci
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Ante el aluvión de CVs inflados, bilingüismos inexistentes, interminables listas de talentos y habilidades y exaltaciones sin parangón de la autoestima que creo que están a punto de venírsenos encima, vuelvo a ponerme a cubierto y rogar a todos/as el que, si han de contar su historia, tengan al menos la compasión de hacerlo de una forma creativa.

Que tomen el ejemplo del gran escritor anglo-polaco Joseph Conrad, que en su novela corta Heart of Darkness (‘El Corazón de las Tinieblas’) – quizás la crítica más feroz del despiadado colonialismo europeo en África que jamás haya existido – nos relata su singular experiencia como marino por los ríos del Congo juntado realidad y ficción, auto-reflexión y crítica social, y aspirando siempre en sus propias palabras ‘aunque sea humildemente al arte, definido como el objetivo resuelto de hacer la mayor justicia al universo visible’. A lo que modestamente añadiría yo: y a nosotros mismos.

No esperen mi narrativa personal

En este punto de mi vida me veo incapaz de hacer justicia ni al universo ni a mí mismo con ese tipo de relato. A la amable lectora que hubiera esperado de este texto un ejercicio de storytelling personal por mi parte, lamento decepcionarla. No creo que ni mi relación con el tristemente asesinado Gregorio Ordóñez, ni mi trabajo para el gobierno británico, ni mi conversación con el hoy caído en desgracia Príncipe Andrés de Inglaterra, mis orgías en el Hotel Savoy, vegetarianismo, abstinencia del alcohol, presunta homosexualidad, experiencias místicas transcendentales o intimidades con personajes del mundo del fútbol de nuestro país sean del más mínimo interés.

Pero, por supuesto, que de gustibus non es dispuntandum. A los que se vean apremiados a utilizar su biografía personal como material narrativo – y especialmente  a difundirlo a diestro y siniestro en las redes sociales – les rogaría que lo hagan de una forma creativa y estética. Que mientan con gracia y salero, si han de hacerlo. Y que su ‘verdad’ no sea una pesada losa que nos hagan arrastrar, sino más bien – en palabras de T.S. Eliot en sus inmortales ‘Cuatro Cuartetos‘, que bien merecieron ese Premio Nobel – un girasol que se torne hacia nosotros.

Oscar Del Santo
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