La Marca Personal o el privilegio de recrearnos a nosotros mismos

En la era digital, la marca personal nos ofrece un privilegio único que los más avezados – Risto Mejide es un excelente ejemplo – hacen muy bien en explotar: el de forjar una identidad que atraiga la atención de nuestra audiencia y nunca la aburra. En otras palabras, la oportunidad única de ser dueños de nuestra propia imagen en vez de permitir que sean otros quienes la definan – como ocurría hasta hace bien poco – sin tenernos en cuenta.

Y todos aquellos a los que les atraiga lo artístico, lo histriónico y lo teatral están de enhorabuena. A continuación te explico el porqué.

George Sand, feminista y pionera del personal branding

En el año 1831, una joven llamada Aurore Dupin Dudevant llegó a París tras haber abandonado a su esposo y su anodina vida en la campiña francesa. Quería sacudirse las ataduras del matrimonio para ser una escritora, y creía que en la ciudad del Sena y del Louvre podría alcanzar su sueño.

George Sand (Aurore Dupin Dudevant) en 1835 retratada por Charles Louis Gratia. Imagen: Wikipedia

Nada más llegar a la capital gala tuvo que enfrentarse a la cruda realidad. Para poseer alguna libertad en París había de contar con recursos económicos, a los que las mujeres solo accedían en su época mediante la prostitución o el matrimonio. Ninguna mujer antes ni siquiera se había acercado a la posibilidad de ganarse la vida como escritora. Las mujeres solo escribían como hobby, apoyadas económicamente por sus maridos o en el mejor de los casos como fruto de una herencia. Cuando por primera vez mostró sus manuscritos a un editor, este le espetó: ‘Debería usted dedicarse a procrear, Madame, y no a escribir’.

Ante esta negativa tan machista y tan brutal, nuestra pionera se atrevió a hacer lo que pocas habían hecho antes: tomar las riendas de su propia imagen. Creó una estrategia de lo que hoy denominaríamos como marca personal y una imagen pública de ‘mujer masculina’.

En 1832 un editor aceptó el manuscrito de su primera novela importante, Indiana. Había optado por publicarla bajo un pseudónimo – George Sand – que hizo que todo París diera por sentado que este sensacional nuevo escritor era un hombre. Si antes ya se había vestido con ropa masculina, ahora exageró a propósito esa imagen para acentuar su ‘masculinidad’ con largos abrigos, sombreros grises, botas pesadas y corbatas. Fumaba puros y se expresaba en las tertulias como un hombre, sin importarle usar de vez en cuando alguna vulgaridad para dar color a sus frases.

Foto ‘masculina’ de la época de George Sand. Imagen: web radioenccyclopedia.cu

Esta extraña escritora femenina/masculina cautivó a la sociedad francesa de la época. Y al contrario que lo que les ocurrió a otras escritoras, Sand si fue admitida en el círculo de los escritores, con los que bebió, fumó y hasta se acostó… (especialmente con los músicos más famosos y celebrados como Chopin o Lizst).

Los que conocían a Sand bien comprendieron que su imagen le protegía de la mirada indiscreta de las masas. En su faceta pública, disfrutaba jugando su papel, mientras que en su vida privada siempre era fiel a sí misma. También era muy consciente de que el papel de ‘George Sand’ podía resultar demasiado predecible y quedarse obsoleto rápidamente y por eso le añadía un toque de dramatismo o histrionismo y de impredecible participando en revueltas estudiantiles, política y escarceos amorosos y románticos.

La gente ha dejado de leer sus novelas, pero… ¡pocos han olvidado el memorable personaje de George Sand que hoy en día nos sigue fascinando e inspirando!

¡Mamá: quiero ser artista!

Mucho se habla de ser fiel a nosotros mismos, y ¿quién podría estar en desacuerdo con semejante prescripción? Sin embargo, el caso de George Sand demuestra que a veces es creando una persona o papel/rol en el sentido etimológico del término cuando podemos adaptar las circunstancias de nuestras vidas a nuestros intereses y lograr nuestros objetivos.

Seamos sinceros: el mundo nos quiere asignar un rol limitante y limitado. Por ejemplo: yo ya soy un cincuentón y eso conlleva… ¿el qué? Si permitimos que la sociedad nos asigne un rol definido, estamos acabados. Nuestro poder estará determinado al diminuto rol al que se nos esté permitiendo jugar.

Frente a ello, un actor puede interpretar una variedad infinita de roles. Este acto de desafío es como el de Prometeo en la mitología griega: te convierte en responsable de tu propia creación. Tu nueva identidad te protegerá del mundo porque precisamente no eres ‘tú’: es un traje que te quitas y te pones. No te lo tienes que tomar personalmente.

Concha Velasco en los Premios Goya del 2018. Imagen: Wikipedia

Y esta nueva identidad te confiere una presencia cuasi-teatral. Como decía Concha Velasco, si quieres ser una artista de tu propia vida y decírselo a tu madre y a todo bicho viviente, el mundo de la marca personal es para ti. El gran enciclopedista francés Diderot afirmó que ‘cuando la gente habla de que alguien es un gran actor, se refieren no a que sienta mucho, sino a que simule mucho, aunque no sienta nada‘.

Este es el desafío: sobrevolar por encima de las características limitantes de nuestra herencia y personalidad como hizo George Sand y configurar una marca como el alfarero hace con la arcilla. Esta debería ser una de las tareas más placenteras y uno de los retos más nobles para todos nosotros. Es el reto del artista: el reto del artista que se crea a sí mismo.

‘Las Meninas’ de Velázquez: un caso de estudio

La idea de la auto-creación tan importante en el mundo de la marca personal proviene de hecho del mundo de las bellas artes.

En el mundo de la pintura, durante cientos de años solo los reyes y cortesanos tenían el poder de determinar su imagen pública o contemplarse a sí mismos. En el genial cuadro de Velázquez ‘Las Meninas’ de 1656 observamos el pistoletazo de salida de la marca personal en España siglos antes de que ésta fuera conceptualizada en EE. UU. por Tom Peters. Todo de la mano – o, mejor dicho, del pincel – del más audaz de los pintores hispanos.

Detalle del cuadro ‘Las Meninas’ de Diego Velázquez de 1656. Imagen: Museo del Prado

Observemos con atención. Velázquez aparece a la izquierda del lienzo, de pie ante un cuadro que está en proceso de crear, pero de espalda a nosotros, que por lo tanto no lo podemos ver. A su lado una princesa y sus asistentes junto con una enana de la corte viéndole trabajar. La gente que posa para el cuadro no nos resultan directamente visibles, aunque podemos verlos reflejados en el espejo de la pared trasera: nada menos que el rey y la reina de las Españas.

¡Qué gran cambio representa este cuadro en la dinámica de la representación de lo que hoy conocemos como marca personal! Nunca un artista se había atrevido a tanto con tanto descaro o aplomo como Diego Velázquez, al que en Inglaterra se idolatra como al ‘maestro de los pintores’. En ‘Las Meninas’ Velázquez se atreve a controlar su imagen, la suya propia y la de los reyes a la vez, todo a golpe de pincel. Ya no es un artista sumiso, sino un autor y creador que se autoposiciona en relación a sus patronos… sin importarle lo influyentes y poderosos que estos puedan ser.

Consciente de tu imagen

El proceso de personal branding al que te estoy invitando aquí sólo comienza cuando, emulando a Sand o Velázquez, eres consciente o autoconsciente de tu propia imagen. Y es que como decía el gran crítico literario Harold Bloom, todos los malos poetas son sinceros. La sinceridad no es siempre virtud y puede ser una gran limitación.

Un excelente punto de partida, como defiende Laura Chica, es el autoamor. Desde ese autoamor podemos crear una imagen memorable, auténtica, artística, única, que sepamos vender para conseguir nuestros objetivos y que – lejos de limitarnos – nos permita posicionarnos para salir en el cuadro allá donde mejor nos dé la luz.

Oscar Del Santo

3 comentarios en “La Marca Personal o el privilegio de recrearnos a nosotros mismos”

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